Con la llegada de un año nuevo, vienen las resoluciones a cumplir (o intentar)... que si perder peso, que si viajar más, retomar contacto con viejas amistades, encontrar el amor, etc... pero con estos propósitos generados por el simbolismo que implica el cierre de un año y el comienzo de otro, surge la pregunta: ¿Cuáles de estas metas terminaremos cumpliendo?
El ser humano es una criatura cuyas acciones dependen únicamente de su fuerza de voluntad, por lo que un simple momento de euforia de fin de año no suele ser suficiente para modificar el código interno de cada uno para mantener esa motivación durante los siguientes 360 días. Por eso muchas personas (yo incluído) solemos comenzar el año con una lista de propósitos, que eventualmente terminamos olvidando a mediados de Febrero.
Este fin de año me di cuenta de esto y he llegado a la conclusión de que lo ideal no es marcarse una lista estricta de cosas a cumplir, sino simplemente tener las ganas de hacer algo con tu vida, y tratar de cambiar la perspectiva con la cual afrontamos el año, a una más positiva.
Yo sé lo que quiero para mi vida este año, pero si me propongo a cumplir las cosas sistemáticamente, me estaría perdiendo de muchas otras cosas que se me podrían presentar, por lo que simplemente utilizaré este positivismo recién encontrado para llevarme a mi mismo por caminos más correctos. De nada sirve frustrarse porque es agosto y aún no se ha conseguido pareja (por ejemplo), cuando puedo, desde enero, tener una actitud positiva, despejada y hasta antiparabólica en ciertos sentidos, que a la larga consiga ayudarme a cumplir ese objetivo.
Cómo llegué a esta conclusión? El 2010 fue mi maestro.
El 2009 fue el peor año de mi vida hasta la fecha, dejando en mí cicatrices psicológicas, sociales y emocionales, cosas que forjaron mi personalidad y la cambiaron radicalmente. A finales de ese año yo juraba que el 2010 sería EL AÑO, y que todo lo que yo "merecía" obtener, lo obtendría... fue un grito desesperado de autoconvencimiento para opacar lo malo del 2009.
Sin embargo, el 2010 en términos de metas personales no fue exitoso, por lo que me frustré mucho... pero con la muerte del año, tuve una especie de epifanía: 2010 cumplió su propósito, el cual fue traer la balanza de vuelta a 0. Fue un año de "reseteo" emocional, si se quiere, haciéndome reflexionar acerca de mi vida y ayudándome a llegar a la conclusión de que si nada bueno me pasó, fue porque ESTABA ESPERANDO QUE PASARA. Y el no obtenerlo hacía que me frustrara con el pasar de los meses, lo cual reducía aún más las probabilidades de que algo bueno me pasara.
Cuando las 12 campanadas sonaron hace un par de días, no sentí la emoción tradicional que la gente siente con la llegada de un nuevo año, sin embargo, tengo la conciencia limpia, mi corazón calmado y mi mente preparada para no preocuparme por metas específicas, sino por vivir mi vida de manera positiva... ya lo que quiero vendrá por añadidura.
Feliz 2011 a todos.
